domingo, agosto 20, 2006

Hipodérmica

Bajo una fina capa de cristalinas gotas, en verticales rayos desde el cielo, noche afilada sobre el asfalto de Madrid.

Resguardados del frío, en el vano que abre una esquina, y antes que la noche irrumpa con su luz, se apuran, furtivos, los restos que la noche brinda.

De calle en calle, de esquina en esquina, agolpados bajo el rescoldo de una triste luz, celebran, reunidos la lluvia, entre risas de embriagado aliento, enajenado ánimo de estridentes voces y desfigurados semblantes, en asonante concierto.

A escasos metros, en un banco de calle, un mendigo quizá, al fin y al cabo, alguien sin nombre, limpia sus pies de barro por un cristal en el suelo asesino.

Cadáveres de botellas, secuelas de vidrio, restos sembrados por la secreta locura que encierra la noche, hacen temblar mis pisadas al paso.

Raya el día y no despierta un gallo. Algunos portales se iluminan y desde ellos, abrigados, asoman semblantes tempranos a la obscura acera. Auscultan confusos la longitud de su calle hasta un punto, donde el cruce con otros rostros, de pálida y desfigurada imagen, delata a éstos, recogiéndose siempre en esa franja de la noche al alba.

Desde el calor de sus casas, alcanzan la calle, irrumpen en ella, aún por la obscuridad vencida, con paso acelerado y mirada cautelosa. En cambio los otros, sombras de la noche, inmunes al miedo que la experiencia del hábito y recorrido entre tinieblas otorga, vagan misteriosos, arrastrando, anónimos, sus cuerpos en un paseo de anacrónica consciencia, hasta perderse, perfiles y estela, entre el silencio de la obscuridad de una noche secreta.

Observo a lo lejos un bulto en la calle. Mi instinto me alerta. Me aproximo sin prisa. Un cuerpo yace tendido. Entre sombras, alguien canta: -“Noche de ardientes brillos sobre una aguja de sangrante filo, por el temblor de una mano empuñada, grito ahogado de auxilio.” Silencio en el aire sin respuesta. Tan sólo los ojos asoman testigos desde el cielo. La madre luna delata entre claros y obscuros, el haz de roja luz sobre el charco de sangre asesino en el suelo. Nadie asoma.

Agonía consumida en la soledad de una noche injusta. Me aproximo aún más en silencio hasta encarar el cuerpo encogido, por el gesto en súplica congelado, entre ríos de fina lluvia ensangrentada que lo bañan.

De su brazo aún cuelga pinchada la razón de su vida. A solas, bajo mis pies, un cuerpo abatido queda tendido sin respuestas.

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