domingo, agosto 13, 2006

La Doctora

Se levanta temprano, sin reaccionar apenas al día hasta pasadas unas horas, lentamente, diesel, deambulando por una casa alquilada, decorada con algunos vestigios de una vida ajena, la mía, donde cuadros, espejo y algún que otro objeto decorativo lucen mejor ahí que en un guardamuebles... se hace el café, coge el macuto, su maletín de salvamento y sale a la carretera...probablemente en casa haya quedado la cafetera encendida y con ella, la luz del baño, alguna ventana mal cerrada y los restos de otros macutos con ropa sucia. No sé si habrá confundido el macuto de hoy con la bolsa de playa y tampoco me extrañaría porque a ese ritmo, entre ambulatorios, Hospitales, guardias interminables y consultas privadas, la organización, por muy precisa que fuere, siempre pasa factura...
Cruzando Ayamonte llega a Portugal y a 120 kilómetros, un centro hospitalario la retendrá durante 48 horas sin descanso. Sin dormir apenas, cogerá de nuevo la carretera, cruzará la desembocadura del Guadiana de regreso a "Espanha", cambiará el macuto por otro, y de vuelta otra vez a un Centro de Salud local donde, a nueve euros la hora por cinco años de carrera, no sé cuántos años más de especialización, cursos y más cursos, pasará otra guardia nocturna sin descanso... 48 horas en un hospital Luso rinden económicamente tres veces más que 30 días a nueve euros la hora en un ambulatorio español, sin contar con el desprestigio y mal trato que un médico hoy en España padece en su centro de trabajo. Antaño, el médico, cura, alcalde y la Guardia Civil eran instituciones veneradas y respetadas pero hoy las cosas han cambiado y entendería que a estas alturas, afirmar ésto, suene ya rancio y vetusto. ..ahora el paciente cuestiona al médico, duda de sus prescripciones médicas y le pregunta aquello de "y ésto que me dá no me hará daño, doctora"; tanto daño o más como cuando va Usted al panadero y le pregunta si ese pan es bueno no fuera a llevar algún aditivo nocivo...
En su día, antes de meter mis muebles en su casa, me salvó la vida y en agradecimiento, no por éso, sino por muchas otras, y tantas cosas compartidas, la escribí un cuento que hoy incluyo de nuevo en este blog:
La Sirenita

....llegó un día hasta mí por azar; intuyo que algo de muy lejos quiso ponerla intencionadamente en mi camino para tropezar juntos en la misma trampa inocente. Con ella le acompañaba siempre un maletín científico lleno de instrumentación precisa, aunque dentro guardara también secretos de pócimas y brebajes mágicos. Llegaba directamente del cielo para curarme con sus agujas y pinchazos eléctricos, las dolencias del alma; era sin duda hija del mar y madre del viento, de complexión grande y sonrisa ancha, destacaba su infinita bondad entre toda la indolencia de aquel lugar donde nos encontramos por primera vez. Mi aparición la recuerda con aspecto de paje, rodeado de estrellas y como habitante de aquel frío castillo, que no era más que mi lugar de trabajo, estéril y tedioso como tantos otros...
Un buen día mientras me curaba se me escapó un suspiro clandestino, y a partir de ese mismo instante y sin el menor esfuerzo, penetró en mi alma con su mirada de niña, entró jugando hasta ella para recordarme que yo también estaba vivo, que mi pasión siempre estuvo latiendo, que el niño grande que dentro vivía agazapado, nunca llegó a morir ahogado por los inquisidores de la vida adulta y los secuestradores de almas inocentes. Revisó mi garganta y de ella borró el último grito de súplica, cuando aquel día cuya fecha ya no recuerdo, reproché al cielo la luz que me quitó un día el tiempo, y me enterró soñando despierto. Limpió mis heridas, retiró los cristales de mi corazón y con una sonrisa se despidió citándome para otro día....

Semana tras semana fue tumbándome en la misma cama, y a ese encuentro de curas y paños calientes surgió llamarlo el taller de las caricias, donde se encerraba afanosa y delicadamente, rodeada de sus misteriosos asistentes, para sanar mi orfandad y recuperar mi aliento y voluntad de vida. Sus finas agujas clavadas a lo largo de mi cuerpo y aquellas tachuelas calientes y humeantes que me adhería sobre el pecho y la espalda, ganaron la carrera a la ciencia y los beneficios que hasta la fecha me habían aportado la fluoxetina y los ansiolíticos...

Durante las primeras sesiones, cuando regresaba a mi casa, sentía el vacío en mi pecho descongelándose poco a poco de su largo letargo y gélido invierno. La echaba de menos, no quería separarme nunca de sus palabras, pero aquella necesidad dependiente, me enseñó que si existía en mí con esos matices y esa intensidad, era sencillamente porque me faltaba yo mismo, y a ese ineludible reencuentro de uno mismo consigo mismo, finalmente supo empujarme ella...

...mi hada madrina es una sirena, pero tan sólo nosotros, él mejor que yo, sabemos que lleva disfraz de científica....

1 comentarios:

Anónimo dijo...

Prueba