La orfandad anunciada
Había perdido la cuenta de los años empleados tratando de buscar sentido a su desdicha. Había surcado tantas veces tantos mares oscuros, fríos y tenebrosos que el aliento había desaparecido de su mirada; apenas lograba ya mantenerse erguido en este mundo donde sus pensamientos, huérfanos y heridos, tan solo conocían la soledad de su aliada y callada respuesta.
Cuando nació, algo extraño le anunciaba lo que entonces era su inquietud y agitación constante, como una premonición con la palabra dolor tatuada en su corazón, la duda constante en su pensamiento, y un amor perfecto que sería efímero, se resbalaba una y otra vez entre sus manos…iba a suceder y no podía evitarlo.
Junto a ella, acostados en la cama, recordaba vagamente los últimos rayos de sol sobre su cara pintada con una sutil, pero maliciosa y algo traviesa sonrisa, de cuando corrían tiempos donde sus años aún toleraban cargados pensamientos que su juventud se encargaba de distraer gracias a su vitalidad de niño.
¿Cuándo en él se cruzó la huida?...sin duda mucho antes de aquella fatídica noche cuando contempló de frente, desafiándolo, la orfandad anunciada…
Durante años había buscado incansable la esperanza; en sus sueños, la armonía; en el dictado de sus palabras, calma; en su amor, compañía; en el refugio de la amistad, calor de por vida ante el ineludible desenlace… hasta que aquella luz de su madre, ese día, después de acunarle una última noche más, desapareció y sobre su cama dejó impresa y arrugada, una huella de despedida.
Durante los años siguientes, la soledad de su ausencia había crecido abismal e indomable; una y otra vez gritaba auxilio en las noches; en sus sueños un vacío profundo, oscuro y gélido, tenebrosas unas paredes por las que se deslizaba y caía sin freno, se repetía cada madrugada…una respiración entrecortada de sudoración fría, invadía de pánico su cama y otro nuevo grito, un gemido ahogado y profundo, sólo devolvía el eco de nadie al otro lado de la casa. Sus muros de piedra eran papel que se quemaba; su fuerza, debilidad consumida, sus creencias, pesadillas tormentosas y su amor de siempre, un enemigo sin tregua…
…entonces, un día cualquiera se acercó hasta su cama, asomó su pensamiento al pasado, perdonó y pidió perdón, imploró a la luz de aquella huella perfumada sobre las sábanas y ésta, repentinamente, como si un tiempo sin tregua se hubiera consumido, le devolvió de nuevo, empujándole con fuerza a la vida…envuelto en claridad, se acariciaba la cara, donde ni arrugas ni cicatrices asomaban en forma de heridas en su frente ya despejada y henchido, su corazón, sintió recuperar los latidos de su madre, el pulso de su amor, su presencia inequívoca, ahora sí, a su lado, eternamente, de por vida.
Cuando nació, algo extraño le anunciaba lo que entonces era su inquietud y agitación constante, como una premonición con la palabra dolor tatuada en su corazón, la duda constante en su pensamiento, y un amor perfecto que sería efímero, se resbalaba una y otra vez entre sus manos…iba a suceder y no podía evitarlo.
Junto a ella, acostados en la cama, recordaba vagamente los últimos rayos de sol sobre su cara pintada con una sutil, pero maliciosa y algo traviesa sonrisa, de cuando corrían tiempos donde sus años aún toleraban cargados pensamientos que su juventud se encargaba de distraer gracias a su vitalidad de niño.
¿Cuándo en él se cruzó la huida?...sin duda mucho antes de aquella fatídica noche cuando contempló de frente, desafiándolo, la orfandad anunciada…
Durante años había buscado incansable la esperanza; en sus sueños, la armonía; en el dictado de sus palabras, calma; en su amor, compañía; en el refugio de la amistad, calor de por vida ante el ineludible desenlace… hasta que aquella luz de su madre, ese día, después de acunarle una última noche más, desapareció y sobre su cama dejó impresa y arrugada, una huella de despedida.
Durante los años siguientes, la soledad de su ausencia había crecido abismal e indomable; una y otra vez gritaba auxilio en las noches; en sus sueños un vacío profundo, oscuro y gélido, tenebrosas unas paredes por las que se deslizaba y caía sin freno, se repetía cada madrugada…una respiración entrecortada de sudoración fría, invadía de pánico su cama y otro nuevo grito, un gemido ahogado y profundo, sólo devolvía el eco de nadie al otro lado de la casa. Sus muros de piedra eran papel que se quemaba; su fuerza, debilidad consumida, sus creencias, pesadillas tormentosas y su amor de siempre, un enemigo sin tregua…
…entonces, un día cualquiera se acercó hasta su cama, asomó su pensamiento al pasado, perdonó y pidió perdón, imploró a la luz de aquella huella perfumada sobre las sábanas y ésta, repentinamente, como si un tiempo sin tregua se hubiera consumido, le devolvió de nuevo, empujándole con fuerza a la vida…envuelto en claridad, se acariciaba la cara, donde ni arrugas ni cicatrices asomaban en forma de heridas en su frente ya despejada y henchido, su corazón, sintió recuperar los latidos de su madre, el pulso de su amor, su presencia inequívoca, ahora sí, a su lado, eternamente, de por vida.

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