domingo, agosto 20, 2006

María Asunción Exagüe

Tenía un ayudante senegalés de dos metros de altura que limpiaba su cuerpo y alma con esponjas de mar… tenía su casa llena de amigos, que iban y venían, entraban y salían, pasándose el testigo de unos a otros, como en una carrera de relevos para no dejarla nunca sola… andaba postrada en la cama, en una cama con manivela, como las de hospital, en medio de su salón, encarando la puerta para recibir con su sonrisa imperecedera a sus amistades…tenía la sangre mustia y las piernas agotadas que apenas la dejaban moverse....

Una tarde llegamos hasta su casa en silla de ruedas, rodando por la calle empedrada hasta el número dieciséis, directamente hasta los pies de su cama, en una triunfal, improvisada y extravagante entrada, tal y como a ella le hubiera gustado protagonizar, si el enfermo hubiera sido otro… aun agotada, destilaba una alegría inagotable que al menor descuido se contagiaba por la casa, y si no estabas atento a sus encantos, cuentos y embrujos, por arte de birlibirloque, los gestos de ánimo, buen consejo y esperanza, finalmente terminaban proviniendo de ella, donados desde su infinita generosidad hacia los demás…

María Asunción Exagüe, supe de ti hace años, cuando llegué a Andalucía, ya me lo había anunciado mi padre, que ahí vivías, no muy lejos de donde yo estaba, a seis kilómetros, qué cercanía, pero tuvo que ser, cuando ya no caminabas, cuando ya estabas convaleciente en la cama, cuando me enteré, que fui entonces a conocerte…y ahí estuve, en tus últimas semanas, tal vez mes y algo más, no lo recuerdo bien porque se me hizo eterno, como si nos conociéramos de toda una vida… me alertó de tu estado la doctora, que días antes había ido a verte y llevarte medicinas; de su mano llegué al final de tu ciclo y cogido a ti, entendí muchas cosas que antes no hubiera ni sospechado que existían…te echo de menos, te echamos de menos los dos…hablamos, como no puede ser de otra manera, siempre de ti e incluso un día, te confesaré, muy entrada la noche nos metimos en el mar, en tu mar de Isla Cristina, y a sus aguas calmadas decoramos con velas que, flotando, encendidas iluminaron la noche, navegando entre sus tímidas olas, para que allá donde estuvieres reconocieras las luces de nuestra ofrenda…siempre estarás en mí, siempre jugaré contigo, con la niña que fuiste, con la niña que eres, con la niña amiga que me dio la mano, cumpliéndose el destino de encontrarnos, antes de que te fueras…y aquello que me contaste, aquel secreto, lo empujó una ola, se lo llevó la mar, subido en una vela…

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