Historias del Ser…hotelero
Los huevos
Una mujer enjuta y anciana, ataviada con ropajes autóctonos paseaba por la recepción con una bolsa vacía de patatas fritas que recogía en sus manos con evidente cuidado… miraba a izquierda y derecha, inquieta, buscando alguien que pudiera atenderla…llevaba envueltos en la bolsa 3 huevos blancos. Intentó sin acierto que unos policías de paisano que entendió, por el formal atuendo, pertenecerían al hotel, le cocieran los Oocitos; frustrada y sin saber dónde más poner el ojo entre los uniformes que pululaban por la recepción, me topé con ella.
No era ni medio día y hubo que satisfacer su inoportuno capricho en la cocina del Hotel.
Cuando tiempo más tardé pasé por la terraza junto al restaurante, entendí que se los habría comido a gusto. El rastro de cáscaras quedó sin rubor alguno en el suelo y del polluelo ni rastro, había volado.
¡ Qué buen provecho !
A caballito
Tengo un pinzamiento en la espalda. Debió ser desde aquel día, desde que en el pasillo de la tercera planta me encontré con una mujer que rondaría los 70 años tirada en el suelo. Como fuera, se había torcido el tobillo. Aquello no tenía buena pinta, estaba muy inflamado y sin móvil a mano para pedir ayuda, no me quedó más remedio que sugerir mi brazo como apoyo para acercarla hasta su habitación. Al incorporarse pisó con el pie herido y éste terminó por emitir un chasquido seguido de un grito aterrador… el asunto se complicaba y no era momento de abandonarla en busca de ayuda.
“Si Usted me lo permite señora, sugiero que se suba a mi espalda y cabalguemos juntos hasta el final del pasillo donde se encuentra su habitación “… en el dolor y ruborizada por la propuesta, se negó… “¿Es Usted de seguridad, verdad ?”... “no señora, soy el director del hotel.”… “Oh, aún peor señor, cómo va Usted a cargarme en su espalda, a mis años, qué vergüenza y con lo que yo peso…”
“Señora, Usted no se preocupe, estoy joven, soy fuerte y aunque ésta no sea mi costumbre, tampoco sería la primera vez”… finalmente accedió y cargada al lomo como un fardo, con las piernas casi arrastrándose por el suelo por la imperfección del salto dado sobre mi espalda, encorvado hacia adelante, simulando con naturalidad este ejercicio como si fuera cotidiano y la corbata oscilando como un péndulo de un lado al otro, aparecimos frente a su habitación. “Señora, por favor, porque si la suelto se cae, ¿ me alcanzaría la llave maestra que está en mi bolsillo derecho del pantalón ? “...la pobre sollozaba de vergüenza, y como era judía, durante todo el trayecto, entiendo que lo que venía murmurando debió ser un algo, nada bueno, ¡ pardiez, vive Dios !, algún conjuro, o un porfiar en arameo…
La última cena
Era su última cena ceremoniosa. El ritual les congregaba alrededor de la mesa, de pie y con las manos entrelazadas. Cantaban. La comida caliente esperaba servida. De sus bolsillos sacaban pequeños pañuelos de tela bien doblados que se colocaban sobre la cabeza y algunos sin pañuelo a mano, recurrieron a la servilleta, en este caso, qué fatalidad, de papel.
Como la maquinaria de aire acondicionado no estaba aún en funcionamiento, el calor nos obligaba a mantener puertas y ventanas del restaurante abiertas y aquel día soplaba un viento fuerte. La corriente de aire se hacía evidente en el interior de la sala.
Las servilletas sobre la cabeza comenzaron a moverse, primero tímida y luego, atrevidamente. Si la ráfaga entraba suave, ésta levantaba de manera sutil una esquina de la servilleta descubriendo el anagrama del hotel, sobresaliendo por encima de la cabeza, manteniéndose suspendido en el aire por unos segundos, esgrimiendo tal vez de manera subliminal y encubierta, en confabulación con el viento, la fuerza de una marca, hasta aterrizar nuevamente y de manera suave sobre el cabello… así una y otra vez, meciendo el pico de papel hasta que un soplido fuerte que entraba como un estornudo recorriendo las mesas, convertía en un baile de cometas, las servilletas impresas con anagrama… cantar sin pañuelo debió ser algo tan importante como prohibido a juzgar por los aspavientos de unos y otros a la caza de la servilleta voladora que arrugada volvía a acomodarse torcida y ya de cualquier manera sobre la cabeza, tapando ojos, o deslizándose por la cara….
Código Rojo
“Jiuston, Jiuston” tenemos un código rojo, cambio !... estoy en medio de un baile de secretos en realidad tan indiscretos como evidentes son los disfraces de Mortadelo… yo hubiera elegido mejor unas bermudas, gorrita y pareo para las mujeres policías que seguro, mezclándose entre los clientes, hubieran pasado inadvertidas, ahorrándose la organización con ello la fallida consigna dada a todo el personal de “mejor que no sepan que somos de la secreta”…
El líquido que contiene Usted en su bolso, señora, ¿ es un perfume ? ¿Perfume dice, y dónde ha visto Usted eso?...en la pantalla señora, venga y mire. Lamento decirle señor, y si quiere me abre el bolso, que ese objeto que Usted me indica no es ningún frasco, tampoco un líquido, sino la llave de mi habitación…
Saber interpretar las siluetas del contenido de un bolso de mano no debe ser tarea fácil, a tenor de lo visto.
Desde que las sandías suben por una rampa escáner para ser analizadas sus pepitas, he decidido hacer como el avestruz, arquear el cuello y esconderme dentro del plumaje; una técnica infalible y un disfraz, éste sí, auténtico.
El Rizo
De tanto rizar el rizo se le cayó uno al suelo, y al pobre, sin su tirabuzón preferido, no le quedó más remedio del disgusto, que jurar en arameo…
Qué cruz y lo que me queda !
jueves, mayo 29, 2008
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