sábado, diciembre 06, 2008

El chapero y su particular Caldera de Vapor

Tardé en consumir mi triunfal entrada. Pertrechado bajo el portal, dudaba. Vacilé largo tiempo mientras mis pasos se entretenían durante horas, inquietos y cautos a las puertas de aquel infierno carnal, deambulando de una esquina a la otra, cruzando frente a su fachada una y mil veces, sumando en mi memoria cada paso, cada adoquín del suelo que había pisado en un mismo recorrido, repetido y multiplicado hasta el cansancio. Obstinada tentación a tan sólo escasos metros de la acera de una simple calle, con su mano siempre extendida, ofreciendo atractivos espacios sobre fondos negros a quienes la vida obliga a recursos fatales...Tan sólo el miedo retenía la intención e impulso de mi pasos.

No me hubiera hecho falta en realidad resistirme tanto a su pertinaz invitación para traspasar aquella puerta negra. Apenas me quedaban en el bolsillo 200 euros para seguir sobreviviendo durante los próximos días.

Finalmente accedí voluntariamente hasta el Olimpo de los pecados carnales. Muy pronto pude verme envuelto entre las paredes de aquel lujurioso casino de bacanales contenidos, sin más, otro destino y objetivo que llevarme unos cuantos billetes rápidos, ganados desde la necesidad compartida, que no afín, propia y ajena, de uno otros.

El espacio era triste, sobrio y su luz escasa; tan sólo pálidos semblantes, sedientos de actitudes perversas y desmedidas, pretendían ganarme con sus asépticas y artificiales caricias. Congraciados sin éxito, supieron reconocer en mi actitud una inocencia que, a mi paso, abriéndome camino entre ellos, y a través de mis ojos, impunemente, me delataba sin quererlo.

Aquellos cuerpos, arrastrados, viejos, decrépitos y recosidos, parecían prolongar su agonía en cada paso, buscando en mí, en mi cuerpo de apenas diecisiete años, la consumación de sus fantasías.

Recorrí el recinto en una primera aproximación cautelosa, ubicando cada espacio, cada rincón de aquella fábrica de pecados. Al final de un largo pasillo doblando la esquina, pude encontrar una sucesión de puertas que se abrían a lúgubres nichos, con un profundo olor a rancio, que fácilmente hubiera querido aliviar en esos momentos con un vómito.

Me quedé de pie frente a ellos, observando el salvaje roce y embate de sus cuerpos, chocando y frotándose los unos contra los otros, bañados en un pestilente sudor amargo, y con la mano aguantando mi garganta, procurando que aquel espacio y todo cuanto éste estaba provocando en mí, no desvelara toda mi angustia, notaron mi presencia. Eran tres y me invitaron a pasar. Sus semblantes se transfiguraron en cuestión de segundos como presas de una súbita e irreparable metamorfosis de la que no eran conscientes y tampoco hubieran querido evitar. En sus manos, en el reflejo de sus caras, podían leerse las heridas, sutilmente desnudadas por su conducta, abiertas en sus almas, donde residía el común impulso que los mantenía bajo el mismo techo, en aquellas circunstancias.

Fuí violado hasta la saciedad por aquellos ojos que me contemplaban sedientos de lujuria. Sentí de sus bocas aparecer sus babeantes lenguas, mientras recorrían sus húmedas y reprimidas perversiones a través de mi blanca carne con ellas.

Fueron 50 euros por cabeza ganados en tan sólo media hora.

0 comentarios: