domingo, diciembre 07, 2008

La Almorrana


Ayer intenté deponer y vi las estrellas... aquel tronco seco no quería salir, ni con vaselina, lubricante o crema de ciruela untada en el mismísimo esfínter... apreté con tal fuerza que sentí como si una bola de carne se descorchaba desde adentro hacia afuera... era la hemorroide que se me había salido...

…lloré de dolor, si me levantaba de la taza, gritaba, si me colocaba de lado en sus bordes, gemía, si me ponía de cuchillas en el suelo, sentía la hemorroide colgar como un badajo entre mis glúteos... era tan grande la cabrona, que desde esa posición encorvada, y mirando entre mis piernas, mientras contemplaba cómo mis testículos se balanceaban a modo de péndulo, pude verla detrás, parapetada, sobresalir ,como si de un tercer apéndice se tratara... aquel espectáculo dantesco, grotesco, y escatológico me obligó sujetarme al bidé para no perder la consciencia... el dolor era tal que el oído derecho empezó a zumbarme como un abejorro aleteando alrededor del mismo...sin duda tenía el oído en el culo... poco a poco pude ir recobrando la verticalidad, no así la indolencia rectal... aquel exceso de víscera umbilical parecía una tripa reventada y excretada...dios, qué dolor...

...me esperaba una larga noche por delante, agitándome en la cama, ensayando todo tipo de posibles posturas para conciliar el sueño... cada intento por fijar una colocación corporal quedaba invalidado por el dolor... decidí entonces pedir ayuda a quienes pudieran quedar despiertos a esas horas en los pisos inferiores... tan sólo Rebeca de Mornay asomó a la escalera desde abajo en respuesta a mis palabras tímidas y ahogadas de auxilio desde arriba...

…subió como un rayo y viendo la palidez en mi rostro, los ojos en lágrimas inyectados de dolor, comprendió de inmediato: había que intervenir... había llegado el momento de la verdad, la prueba de fuego, el pulso de la amistad... era momento de auscultar, untar, hurgar en el reducto más fecal de nuestro cuerpo, en el corazón sombrío de nuestras entrañas, asistir al acto más animal vivido en la soledad más pudorosa, desde la clandestinidad de nuestro baño...el conflicto más sangriento se había desatado para ella... aquella situación límite habría de poner a prueba su “escrupulosis” más extrema y patológica...
por primera vez en su vida, en sus manos, estaba no sólo la crema de untar, sino la oportunidad de enfrentarse al orificio ajeno más repugnante y tupido que jamás había conocido...estaba en sus manos vencer al miedo innato que llevaba años alejándola de peligros corporales, fluidos, olores, sensaciones y experiencias orgánicas... en un gesto de valentía ejemplar, y no sin antes inflar sus pulmones con aire fresco, mandó colocarme en una posición extraña y desconocida, ajena a mi catálogo personal de posturas que había experimentado momentos antes mientras trataba de buscar acomodo en mi cama... consciente ella del dolor que suponía una emergencia de esa índole, que no le era ajena por haberla sufrido años antes en sus propias carnes, planteó una posición verbalmente, mientras desde la cama, yo, ejecutaba la misma... dirigiendo mi cuerpo con sus palabras y gran soltura, mis extremidades corporales empezaban a ensamblarse en un ejercicio gimnástico placentero, al tiempo que otras y nuevas indicaciones, brotaban de sus labios y pretendían en mí, expansiones y contracciones de mi esfínter, dilatándose y contrayéndose éste, su músculo viscoso y colgante, bombeando como un corazón a todo pulmón...
…aquella escenificación corporal me trajo a la memoria la viva imagen de la mujer en sus primeras lecciones de preparto, y entendí en ese instante, el pundonor de las mujeres; no pude evitar sentir en ese momento un profundo amor por todas las hembras del mundo con quienes me identifiqué y establecí un nexo afectivo inefable aun sin conocerlas a todas... mi solidaridad hacia ellas durante aquellos minutos fue infinita, incombustible y eternamente agradecida por su aportación a la humanidad...
…pasados unos instantes, aquel dolor punzante, aquella bola de carne herida y expuesta a la intemperie de la vida, en el exterior de su cápsula obscura, súbitamente se recogió hacia adentro, plegó sus carnes desnudas y desapareció entre mis nalgas, succionada...


…el dolor desapareció, tan sólo las paredes de mi orificio acusaban un escozor leve... un alivio celestial se posó como un halo de luz curativo sobre los bordes de mi esfínter, aplacando los rescoldos de su ira... quedé tumbado en la cama, descansando el sudor frío del esfuerzo, sintiendo el corazón recuperar sus latidos pausados, el aliento en mi respiración sosegada, recobrando el color bronceado de mi cara... fui feliz, extremadamente feliz aquella noche... caí rendido en un profundo sueño que me llevó sin darme cuenta a la mañana de hoy... aún siento molestias, leves, como si de agujetas se trataran... acuso ciertas ventosidades inevitables, que no quiero reprimir, por lo que su expulsión representa en placer, ventilando y aireando en cada emisión el escozor con una suave y fría brisa a su paso por la piel herida...

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