Mi Dios no tiene barba
Mi Dios no tiene barba, tampoco una corona de espinas en su cabeza, ni más representantes que sus ángeles, aquí en la tierra como en el cielo… mi Dios no tiene nombre, no tiene cara, no tiene cuerpo, no tiene forma, no tiene ciencia…mi Dios no dijo nunca que yo sufriera, tampoco que temblara de miedo y menos, mucho menos, que me arrodillara ante él golpeándome el pecho, sintiendo culpa…
…mi Dios ya no entiende nada y allá donde esté, infinito y plasmático, estará furioso y dolido…me lo susurró el otro día mientras escuchaba una misa. Entré por casualidad un domingo para acompañar al pecado de unos familiares… …hacía años que no visitaba ninguna de sus casas y no porque ninguna fuera finalmente suya, sino porque al entrar en ellas, por mucho que buscaba, él nunca estaba ahí…
…curiosamente durante mi adolescencia fui devoto de los templos sagrados, los limosneros, los cánticos celestiales, los bancos corridos de madera donde sentarte y levantarte agotadora, coreográfica y repetidamente a golpe de cada pie o final de frase; devoto del cáliz, cuyo vino, sangre de su sangre, sentía entrar en mi garganta y en su bajada, arrastrar todas mis impurezas hasta los intestinos para que éstas fueran finalmente excretadas de mi ser…
… su grandeza era tal que había logrado un cuerpo congestionado que, reducido, se había convertido en obleas sagradas que de tan blancas y finas se deshacían en un paladar de fresco y empíreo aliento…
…me gustaba todo aquello por su teatral liturgia, por el ropaje de los sacerdotes, el desfilar de caras de aspecto angelical y reservado después de la comunión, girarme hacia atrás en el banco sin saber qué cara anónima recibiría mi mano en son de paz y postrarme ante el pecado, arrepentido buscando la redención de mis actos profanos, purgar mis culpas golpeándome fuertemente el pecho, y vivir (por mi culpa, por mi culpa, por mi grandísima culpa), sintiendo culpa, obrando culpa, siendo hijo de la culpa en una casa con culpa llena de culpables mortales, compartiendo una sociedad, cultural y religiosamente convicta y culpable…
... igual que aquella efigie en su cruz era esclava, también lo fui yo, y seguramente todos los que ahí veneraban su imagen crucificada, incluido al exegeta del párroco, infeliz ateo, que mientras escuchaba indulgente tus pecados adolescentes en el confesionario, San Manuel Bueno Mártir, además de pensar en Dios, invocaba a Onán con sus prohibidos y celestiales suspiros…
…ay si mi Dios llegara de pronto… hablaría seriamente con el hombre de la cruz, desmontaría toda su absurda tramoya porque visto lo hecho hasta la fecha, entre unos y por otros, su verdadera historia se había escrito sin entender nada…
…mi Dios es imberbe y aunque por sus voces que escucho dentro me llamen orate y suenen a esquizofrenia, el loco no soy yo, sino ellos, que hasta su casa, donde ya no está y nunca habita, entran turgentes y arrepentidos para hablarle a la nada y volver de nuevo a la calle con sus gritos, cuchillos y navajas….

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